revisar procedimientos que durante años nadie cuestionó.
Pero nada de eso cambia el hecho de que un muchacho fue expulsado injustamente cuando tenía quince años.
Ni que dos adolescentes intentaron decir la verdad y nadie las escuchó.
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Ni que yo, su madre, fui una de las personas que le enseñó a Renata que era mejor no involucrarse.
Ésa es la parte que más me duele.
Porque durante años me sentí orgullosa de haber criado a una hija responsable.
Una hija educada.
Una hija que no