invitarte a un café?
Acepté.
No voy a fingir que aquel hombre era desagradable desde el principio. Era encantador. Me llevaba café cuando trabajaba hasta tarde, recordaba mis pequeñas manías y una noche me ayudó a cambiar una rueda bajo una lluvia terrible.
Me enamoré de ese hombre.
O, mejor dicho, de la persona que creía que era.
El problema empezó cuando conocí a su familia.
Mercedes, su madre, parecía cariñosa, pero en nuestra primera comida me hizo tres preguntas que entonces consideré inocentes: cuánto ganaba, si mi piso era