delante de ella.
Aquella noche pensé que quizá estaba empezando a comprender lo que significaba formar nuestra propia familia.
Hasta que lo escuché hablando por teléfono en el baño.
—Mamá, ten paciencia. Ahora está embarazada y se pone nerviosa por cualquier cosa. Cuando dé a luz estará agotada. Entonces será mucho más fácil convencerla.
Abrí la puerta sin avisar.
—¿Convencerme de qué?
Álvaro se quedó blanco. Tartamudeó una explicación sobre las visitas de su madre y juró que yo había malinterpretado sus palabras.
Le advertí que nunca volvería a permitírselo.