gritarme que me apartara, noté cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
No por el vehículo.
Sino porque aquel hombre, que apenas había llorado de emoción al conocer a nuestra hija, ahora estaba dispuesto a humillarme públicamente para contentar a su madre.
Entonces escuché una voz conocida detrás de mí.
—Clara, cariño, déjame hablar con él.
Era mi padre.
Llevaba su vieja chaqueta marrón, unas flores silvestres y una carpeta gris bajo el brazo. Álvaro lo miró con desprecio.
—Ahora solo me faltaba el apicultor. Don Tomás, esto es