en alguien incapaz de amar —murmuré—. Pero tenías razón. No necesitaba renunciar al amor. Solo debía aprender a no perderme por él.
Permanecí allí unos minutos.
Después regresé al recinto de inauguración.
Cuando subí al escenario, observé los rostros de los trabajadores y sus familias.
Pensé en el camino recorrido.
En la joven que había fingido perder una apuesta para acercarse a un hombre poderoso.
En la esposa que había confundido gratitud con obediencia.
En la mujer herida que una noche subió sola a un avión rumbo a Dubái.
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