Cada palabra me golpeaba porque había una parte cierta.
Yo nunca estaba.
Empresas.
Juntas.
Viajes.
Inversionistas.
Construcciones.
Había trabajado toda mi vida diciendo que lo hacía por mis hijas, mientras poco a poco me convertía en un extraño dentro de mi propia casa.
Renata siguió:
—A su padre le importan más sus empresas que 2 niñas caprichosas.
Entré a la sala.
—Termina esa frase.
Nadie se movió.
Renata giró lentamente.
El teléfono casi se le cayó.
—¿Alejandro?
No contesté.
—¿Qué haces aquí? Tu avión…
Pasé junto a ella.
Me arrodillé