delante de mis hijas.
Valeria retrocedió medio paso.
Eso me destruyó.
Mi propia hija parecía tener miedo de mi reacción.
—Valeria.
Le extendí las manos.
—Sofía.
Mi voz se quebró.
Perdónenme.
Valeria me miró.
—¿Estás enojado?
—¿Con ustedes?
Sofía se escondió detrás de Marisol.
—Renata dice que somos malas.
Sentí el pecho arder.
—No.
—Dijo que si te contábamos cosas ibas a mandarnos a un internado.
Cerré los ojos.
Meses antes Valeria me había dicho que Renata gritaba demasiado.
Yo le respondí que tenía que darle una oportunidad.
Que estaba