llegado como empleada doméstica, pero después de la muerte de mi esposa se convirtió, casi sin que yo lo notara, en una de las personas más cercanas a mis hijas.
—¿Qué quieres decir?
Renata bajó la voz.
—Que desaparecen cosas.
—¿Qué cosas?
—Unos aretes. Dinero que dejé en un cajón. Un perfume caro.
La miré fijamente.
—¿Estás acusando a Marisol?
—No estoy acusando a nadie. Solo digo que abras los ojos.
Después vino lo que verdaderamente me inquietó.
—También está poniendo a las niñas en tu contra.
Sentí un frío