Mi suegra me afeitó la cabeza mientras dormía

en serio de lo que Eleanor imaginó.

Porque afeitar a alguien mientras duerme no era una travesura.

Era un ataque.

***

El color desapareció de su rostro.

—Tú…

—Sí.

Mariana cerró la carpeta.

—Yo.

La misma mujer que ustedes creían incapaz de defenderse.

***

Eleanor abandonó la oficina veinte minutos después.

Mucho más silenciosa de lo que llegó.

Mucho menos segura.

Y por primera vez en años, sin tener la última palabra.

***

Esa misma noche Daniel llamó.

Luego volvió a llamar.

Y volvió a llamar.

Mariana respondió al cuarto intento.

—¿Qué quieres?