brillaban sobre los enormes candelabros.
Las conversaciones llenaban el aire.
Y cuando Mariana entró, varias personas se giraron para mirarla.
No por lástima.
No por curiosidad.
Por respeto.
Llevaba un elegante traje negro.
Sin peluca.
Sin intentar esconder la cabeza rapada.
Sin fingir que nada había ocurrido.
Porque finalmente entendió algo.
La vergüenza pertenecía a quienes habían intentado humillarla.
No a ella.
***
Uno de los periodistas se acercó.
—¿Le importa si le hago una pregunta?
Mariana sonrió.
—Depende de la pregunta.
—¿Por qué decidió presentarse así?
El periodista señaló suavemente