cada propuesta, despedí a un asesor por errores menores y discutí con mi esposa porque llegaba a casa de madrugada.
Héctor sintió vergüenza.
—Debí escucharte cuando dijiste que alguien conoció nuestras ofertas.
—Y también debes confiar menos ciegamente en una sola persona.
—Tienes razón.
Sergio lo miró sorprendido. No esperaba aquella respuesta.
—No puedo cambiar lo que pasó —continuó Héctor—, pero puedo pedirte perdón y asegurarme de que no vuelva a ocurrir.
Esa misma semana reorganizaron la empresa. Ningún asistente tendría nuevamente acceso a todos los contratos, calendarios estratégicos y