Al llegar a mi oficina para cerrar un negocio millonario, vi a un niño de nueve años abrazándose para soportar el frío. “¿Puedo quedarme aquí hasta encontrar a alguien?”, me preguntó. Lo dejé entrar y mi hermana se encargó de ayudar. Poco después, descubrimos que había visto una cámara escondida entre las hojas de una planta. Ordené revisar los registros sin avisar a nadie, pero cuando descubrió las visitas nocturnas, reconocí un nombre que nunca habría querido encontrar.

mañana en la entrada.

Héctor sintió un escalofrío.

Durante seis meses había perdido tres contratos importantes frente a su principal competidor, Mauricio Barragán. Lo extraño era que Barragán siempre ofrecía condiciones ligeramente mejores que las suyas.

Si Héctor proponía un descuento del cinco por ciento, Mauricio ofrecía seis. Si prometía mantenimiento gratuito durante doce meses, el otro ofrecía dieciocho.

Parecía conocer cada palabra pronunciada en aquella sala.

—No quiten la cámara —ordenó Ramiro, jefe de seguridad—. Si está transmitiendo, quien la instaló sabrá que la descubrimos. Necesitamos averiguar quién está