Al llegar a mi oficina para cerrar un negocio millonario, vi a un niño de nueve años abrazándose para soportar el frío. “¿Puedo quedarme aquí hasta encontrar a alguien?”, me preguntó. Lo dejé entrar y mi hermana se encargó de ayudar. Poco después, descubrimos que había visto una cámara escondida entre las hojas de una planta. Ordené revisar los registros sin avisar a nadie, pero cuando descubrió las visitas nocturnas, reconocí un nombre que nunca habría querido encontrar.

detrás.

Esa misma mañana, Héctor tenía una negociación de cuarenta millones de pesos.

Por primera vez decidió guardar silencio sobre las cifras definitivas.

Su director comercial, Sergio, lo miró desconcertado.

—Pero, jefe, quedamos en cerrar hoy.

—Los números se confirmarán mañana.

Daniel Rivas, su asistente personal desde hacía seis años, levantó la mirada de su computadora.

—¿Ocurrió algún problema con los cálculos?

—Ninguno. Simplemente cambié de opinión.

Daniel irritante, aunque parecía incómodo.

Cuando terminó la reunión, Héctor Mandó llamó nuevamente a seguridad.

Ramiro confirmó que la diminuta cámara tenía capacidad