puerta se abrió y apareció Reagan, mi madrastra.
Vestido verde esmeralda, cabello perfecto, pendientes de perlas, labios pintados con una calma que me revolvió el estómago.
Me miró de arriba abajo.
No con sorpresa.
Con fastidio.
—Saliste antes de lo que esperaba —dijo.
No preguntó cómo estaba.
No dijo “bienvenido”.
No fingió.
—¿Dónde está mi padre?
Reagan suspiró, como si yo hubiera preguntado algo inconveniente en una cena elegante.
—Murió hace un año, Finnley.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—Cáncer. Fue rápido. Doloroso. Ya pasó.
Sentí que el suelo se