colegio.
La rabia y la indignación comenzaron a hervirme en la sangre.
Conocía de sobra el cinismo corporativo de ciertas instituciones privadas: proyectaban una imagen pública de filantropía y caridad en galas benéficas, pero no tenían el menor reparo en expulsar a una estudiante brillante y desamparar a una trabajadora herida en sus propios pasillos para evitar asumir responsabilidades laborales.
Maya me miró con una dignidad conmovedora, limpiándose una lágrima furtiva:
—Solo vengo a sentarme afuera porque extraño las clases, señor. Me sé de memoria los libros de texto… y