cuando vi a Sophie batallando con las divisiones largas, no pude evitar acercarme.
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Miré a mi hija y luego a aquella joven brillante a la que el sistema había empujado a la calle sin contemplaciones.
Comprendí la inmensa lección que el destino acababa de ponerme enfrente. Yo había pasado veinticuatro meses gastando pequeñas fortunas en consultores, tutores y terapeutas, creyendo ingenuamente que el dinero podía reconstruir el alma herida de Sophie tras la pérdida de su madre.
Y, sin embargo, una adolescente sin hogar,