donde estudiaba mi hija.
Y en el encabezado oficial destacaba un apellido y un expediente que me resultaron dolorosamente familiares.
(Continúa leyendo en la siguiente página)
Tomé la hoja doblada con extrema delicadeza, pidiéndole permiso con un gesto de cabeza.
La muchacha bajó los ojos, avergonzada:
—Me llamo Maya —murmuró, frotándose las manos agrietadas por el frío.
El documento era una notificación administrativa fechada apenas cuarenta y ocho horas antes: la revocación inmediata y definitiva de la beca de excelencia académica que Maya mantenía en la institución, acompañada de una