dedo anular izquierdo durante siete años aún era perfectamente visible contra mi piel ligeramente bronceada.
Una franja pálida, casi fantasmal, que tardaría semanas en desaparecer bajo el sol.
Me froté esa zona con el pulgar derecho, sintiendo la piel sensible y desprotegida.
Era el único vestigio físico que quedaba de mi vida anterior.
A miles de kilómetros de allí, la tormenta que había dejado atrás debía de estar alcanzando su punto de máxima ebullición.
Imaginé a Julián en la sala de juntas, frente a su padre enfurecido y los directores