detuvo.
Ella necesitaba decir algo que llevaba horas acumulándose.
—Y vosotros también tenéis que escucharme.
Miró a sus otros 5 hijos.
Álvaro, el responsable.
Rubén, siempre escondiendo las emociones detrás de una broma.
Mateo, silencioso.
Lucía, protectora.
Irene, incapaz de contener las lágrimas.
—Una sorpresa deja de ser bonita cuando la persona que debe recibirla pasa horas creyendo que ha sido olvidada.
Nadie respondió.
Lucía empezó a llorar.
—Yo iba a escribirte.
Carmen la miró.
—Lo vi.
Lucía abrió los ojos.
—¿Viste que estaba escribiendo?
—Sí.
—Eran las 18:03.