Mi madre cambió la cerradura de la casa que yo pagaba. Al volver del trabajo, me dejó la cena en el patio: “Tú entras cuando dejes de oler así”. Mi padre me oyó suplicar y tampoco me abrió la puerta.

quedarme con el torno y la fresadora.

El precio incluía cancelar lo que me debía y entregarle el resto.

Podía cerrar sin seguir acumulando pérdidas.

Leí las cifras.

Después busqué las fechas.

Mi padre había rechazado la propuesta 12 días antes de vaciar mi cuenta.

En su respuesta decía que las máquinas valían más y que conseguiría financiación para continuar.

Reconocí su dirección de correo y aquella manera de despedirse, siempre con un seco «Seguimos hablando».

—¿Sabías de dónde venía el dinero? —pregunté.

—Cuando me pagó, no.

Después vino tu