claras.
El sábado fui a casa con Inés.
Mi madre había puesto café para todos.
Mi taza estaba en el sitio que había ocupado antes de que llegara Iván.
—Podemos olvidarlo —dijo, señalando la silla.
Me quedé de pie.
—Voy a vender la casa.
Habrá tiempo para organizar la mudanza, pero necesito una fecha de salida acordada.
Iván apartó la taza de un golpe.
—Aquí viven mis hijos.
—Y llevan viviendo conmigo desde que perdí mi habitación.
Lo sé perfectamente.
—Entonces compórtate como su tía.
—Su tía no puede seguir