LE DIO AGUA A UNA MUJER APACHE ENORME… AL AMANECER, TRESCIENTOS GUERREROS HABÍAN RODEADO SU RANCHO

PARTE 1

Elias Mercer supo que algo estaba mal antes de bajar del porche.

Sus caballos habían dejado de moverse.

No pastaban.

No golpeaban el suelo.

Ni siquiera espantaban las moscas con la cola.

Todos permanecían rígidos dentro del corral, mirando hacia la misma dirección.

El este.

Elias siguió sus miradas.

Y su mano quedó inmóvil sobre el poste del porche.

Jinetes.

Primero vio unas pocas siluetas sobre la cresta.

Después decenas.

Luego tantas que dejó de intentar contarlas.

Guerreros apaches cubrían las colinas que rodeaban su rancho solitario en Arizona. Algunos llevaban arcos. Otros descansaban rifles sobre las monturas.

Más aparecieron por el norte.

Después por el oeste.

En pocos minutos Elias comprendió algo aterrador.

Estaba completamente rodeado.

Casi trescientos jinetes.

Y todo parecía haber comenzado con un simple cucharón de agua.

La tarde anterior había sido insoportablemente caliente.

Elias estaba sacando agua de su viejo pozo de piedra cuando distinguió algo junto a la cerca.

Al principio creyó que era una piel abandonada.

Entonces aquello se movió.

Dejó el cubo en el suelo.

Era una mujer.

Estaba sentada contra los tablones de la cerca, casi sin fuerzas.

Pero incluso encorvada resultaba imposible no notar su tamaño.

Era extraordinariamente alta.

De hombros anchos, piernas largas y brazos fuertes, parecía hecha para sobrevivir en un territorio donde todo exigía resistencia.

El polvo cubría sus ropas de piel.

Su cabello negro caía suelto alrededor del rostro.

Una línea de sangre seca cruzaba un lado de su frente.

Las cuentas de turquesa que llevaba alrededor del cuello estaban opacas por la tierra.

Sus labios estaban partidos.

Elias se detuvo a varios pasos de distancia.

La mujer levantó los ojos inmediatamente.

Miró sus manos.

Después el cuchillo que llevaba al cinturón.

Luego calculó la distancia entre ella y el caballo más cercano.

Incluso al borde del desmayo seguía buscando una forma de escapar.

Elias entendió.

No avanzó.

Regresó lentamente al pozo, llenó un cucharón metálico y extendió el brazo desde lejos.

—Agua.

La mujer lo observó.

Él esperó.

No intentó acercarse.

Finalmente ella extendió la mano.

Bebió despacio.

Una vez.

Después otra.

Y una tercera.

No derramó una sola gota.

A pesar de estar muriéndose de sed, no bebió con desesperación.

Cuando terminó, le devolvió el cucharón.

Elias esperaba que volviera a dejarse caer contra la cerca.

Pero la mujer apoyó una mano en los tablones.

Y se puso de pie.

Elias levantó las cejas.

Era todavía más alta de lo que había imaginado.

Superaba en altura a muchos hombres que él conocía.

La mujer sostuvo su mirada.

No había gratitud evidente en sus ojos.

Tampoco miedo.

Era algo distinto.

Como si estuviera estudiando su rostro.

Memorizándolo.

Después miró hacia las colinas del norte.

—No debería caminar así —dijo Elias.

Ella no respondió.

Dio el primer paso.

Luego otro.

Elias permaneció junto al pozo mientras la veía alejarse bajo el calor.

En pocos minutos, la ondulación del aire terminó tragándose su figura.

Él miró durante un rato el horizonte vacío.

—Bueno —murmuró—. Supongo que ahí termina esto.

Se equivocaba.

Aquella noche reparó varios tablones del corral, alimentó a los caballos y regresó a la casa.

Antes de dormir abrió el pequeño libro donde llevaba las cuentas del rancho.

Debajo de los gastos de alimento escribió unas pocas palabras.

“Mujer apache. Herida. Le di agua. Caminó hacia el norte.”

Cerró el libro.

Apagó la lámpara.

Y durmió.

Al amanecer, trescientos guerreros lo estaban esperando.

Elias salió lentamente al patio.

Nadie disparó.

Nadie gritó.

Ningún caballo avanzó.

Aquello lo inquietó más que una amenaza abierta.

Entonces un jinete mayor descendió desde la cresta oriental.

Tenía el cabello gris hasta los hombros.

No llevaba adornos exagerados ni pintura de guerra.

No los necesitaba.

Los demás hombres observaban cada movimiento suyo.

El anciano detuvo su caballo a unos quince metros de Elias.

El valle quedó en absoluto silencio.

Después levantó una mano.

Cientos de hombres permanecieron inmóviles.

El anciano señaló el pozo.

Elias frunció el ceño.

Entonces los guerreros sobre la cresta comenzaron a separarse.

Abrieron un camino entre sus caballos.

Otro jinete apareció.

Elias dejó de respirar.

Era ella.

La mujer de la tarde anterior.

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Pero ya no parecía la desconocida agotada que había encontrado junto a la cerca.

Cabalgaba erguida.

Su rostro estaba limpio.

La sangre había desaparecido.

Su cabello negro estaba cuidadosamente trenzado.

Y las cuentas de turquesa alrededor de su cuello brillaban bajo la primera luz del día.

Elias la observó acercarse.

Ella también lo miraba.

Detrás venían dos guerreros.

Entre ambos transportaban algo largo envuelto en una oscura piel de búfalo.

Los hombres desmontaron.

Colocaron cuidadosamente el bulto sobre el suelo.

Elias miró aquello.

Después miró los cientos de jinetes que rodeaban su propiedad.

El anciano pronunció varias palabras en apache.

Elias no comprendió ninguna.

La mujer desmontó.

Caminó directamente hacia él.

Se detuvo junto al objeto cubierto.

Por un instante volvió a mirarlo exactamente como el día anterior, cuando él había extendido aquel cucharón de agua sin acercarse demasiado.

Luego bajó la vista.

Sus dedos sujetaron lentamente un extremo de la piel de búfalo.

Elias sintió que el silencio se volvía aún más pesado.

Entonces ocurrió algo que le heló la sangre.

Uno tras otro, los guerreros sobre las colinas inclinaron la cabeza.

La mujer comenzó a retirar la piel.

Y Elias comprendió por fin que aquella desconocida a la que había dado agua no era una viajera cualquiera.

Lo que todavía no comprendía era quién era realmente.

Ni qué había debajo de aquella piel.

Pero en pocos segundos descubriría por qué casi trescientos guerreros apaches habían rodeado su rancho antes del amanecer.

PARTE 2

La piel de búfalo cayó a un lado.

Elias dejó de respirar.

Debajo había un joven apache muerto, envuelto cuidadosamente en una manta, con una herida oscura bajo el hombro.

La mujer habló por primera vez en un inglés claro.

—Era mi hermano.

El anciano bajó la cabeza.

—Y mi hijo.

Elias comprendió entonces quién era aquel hombre.

La mujer se llevó una mano al pecho.

—Me llamo Tala. Ayer viajaba con él cuando tres hombres nos atacaron cerca del arroyo seco. Él murió. Yo escapé herida.

Señaló el pozo.

—Cuando llegué aquí, no sabía si usted era uno de ellos.

Elias sintió un frío en la espalda.

—¿Por eso miraba mi cuchillo?

Tala asintió.

—Y por eso memoricé su rostro.

Después señaló hacia las colinas.

—Mi gente vino porque encontró las huellas de los hombres que mataron a mi hermano.

Hizo una pausa.

—Una de esas huellas conduce hacia Silver Creek.

Entonces Elias oyó caballos acercándose desde el sur.

Esta vez eran hombres blancos.

Y venían armados.

PARTE 3

Elias giró hacia el camino.

Una nube de polvo avanzaba entre los mezquites.

Primero distinguió seis jinetes.

Luego doce.

Finalmente casi treinta hombres aparecieron por el sendero que llevaba desde Silver Creek.

Al frente cabalgaba el sheriff Amos Reed.

Junto a él iba Gideon Shaw, dueño del rancho más grande de la región después del de Elias.

Shaw era un hombre de cincuenta años, ancho de cintura, con barba gris y una costumbre que Elias conocía demasiado bien: hablaba como si el volumen de su voz pudiera convertir cualquier cosa en verdad.

Cuando vio las colinas cubiertas de guerreros, detuvo su caballo.

—¡Santo Dios!

Los hombres detrás de él comenzaron a llevar las manos hacia sus rifles.

Tala se volvió inmediatamente hacia los suyos.

Levantó una mano.

Ningún guerrero se movió.

Elias vio al viejo Nantan observarla.

No necesitaban palabras para entenderse.

Ella quería evitar que un movimiento equivocado convirtiera aquella mañana en una matanza.

Elias caminó hacia los hombres de Silver Creek.

—Bajen las armas.

Shaw lo miró como si hubiera perdido la razón.

—¿Estás loco? ¡Tienes trescientos apaches alrededor de tu casa!

—Y todavía nadie ha disparado.

—Porque están esperando.

—No.

Elias señaló hacia el cuerpo cubierto.

—Están aquí por un muerto.

El sheriff desmontó.

—Explícate.

Tala avanzó.

Los hombres de Silver Creek se inquietaron al verla.

Era aún más imponente ahora que estaba erguida y recuperada. Su altura superaba la de varios hombres presentes, pero lo que hizo que guardaran silencio no fue su tamaño.

Fue la forma tranquila en que caminó hasta el cuerpo de su hermano.

—Ayer tres hombres nos atacaron junto al arroyo seco —dijo—. Mi hermano cayó allí.

Shaw soltó una risa breve.

—¿Y debemos creer su palabra?

Tala giró lentamente hacia él.

—No le pedí que me creyera.

El sheriff levantó una mano.

—Déjala terminar.

Ella continuó.

—Uno disparó. Otro tomó nuestros caballos. El tercero me golpeó cuando intenté llegar hasta mi hermano.

Elias recordó la sangre seca en su frente.

Los moretones que el polvo había ocultado.

La manera en que había medido la distancia hasta su caballo.

Nada de aquello había sido miedo sin razón.

Tala había estado huyendo de hombres.

—Logré escapar a pie —continuó—. Caminé hasta encontrar este rancho.

Señaló a Elias.

—Él me dio agua. No me tocó. No me preguntó quién era. No intentó detenerme.

Nantan habló desde detrás.

Tala escuchó y luego tradujo:

—Mi padre dice que por eso está usted vivo.

Shaw movió una mano hacia las colinas.

—¿Eso pretende tranquilizarnos?

Elias se volvió.

—Gideon, cállate.

Shaw abrió los ojos.

Elias rara vez levantaba la voz.

—Tres hombres mataron a su hermano —continuó Elias—. Sus rastreadores siguieron las huellas.

El sheriff miró a Tala.

—¿Hasta dónde?

Ella señaló hacia el sur.

—Hasta el camino de Silver Creek.

Un murmullo inquieto recorrió a los jinetes.

Shaw negó inmediatamente.

—Eso no significa nada. Todo el mundo usa ese camino.

—Por eso nadie está acusando todavía a todo el pueblo —dijo Elias.

Tala lo miró.

Aquella palabra importaba.

Todavía.

El sheriff Reed se acercó al cuerpo.

—Quiero ver la herida.

Nantan tensó el rostro.

Tala habló con él durante unos segundos.

Después retiró lo suficiente la manta para que el sheriff pudiera observar sin tocar al muerto.

Reed se inclinó.

—Rifle.

—Sí —dijo Tala.

—¿Viste a los hombres?

—A dos claramente.

Shaw dejó escapar un suspiro impaciente.

—Excelente. Entonces danos los nombres.

Tala lo miró.

—No sé sus nombres.

—Entonces no tienes nada.

Elias vio que uno de los hombres detrás de Shaw bajaba los ojos.

Solo un instante.

Pero Tala también lo vio.

Su cuerpo quedó inmóvil.

El hombre tenía unos treinta y cinco años.

Delgado.

Barba rojiza.

Chaqueta marrón.

Elias lo conocía.

Doyle Crane.

Capataz de Gideon Shaw desde hacía casi cuatro años.

Tala no dijo nada todavía.

Miró primero su rostro.

Luego sus manos.

Después su caballo.

El color desapareció lentamente de su expresión.

Doyle tiró de las riendas.

—Sheriff, esto es una locura. Deberíamos volver al pueblo.

Tala avanzó un paso.

Doyle retrocedió con el caballo.

—Tú.

La palabra fue apenas un susurro.

Todos se quedaron quietos.

Doyle negó.

—Nunca te he visto.

Tala siguió mirándolo.

—Yo sí te he visto.

Shaw intervino.

—Está escogiendo al primer hombre que le resulta familiar.

—No.

Tala señaló la mano izquierda de Doyle.

Le faltaba la punta del dedo índice.

—Ayer sostenías las riendas con esa mano.

Doyle escondió instintivamente la mano contra su muslo.

Demasiado tarde.

Los hombres a su alrededor lo habían visto.

Tala continuó:

—Tu caballo era distinto.

Miró el animal que montaba ahora.

—Pero tú no.

Doyle se volvió hacia Shaw.

—Dile algo.

El sheriff Reed se colocó delante de él.

—Bájate.

—No.

—Doyle.

—No voy a bajar porque una india me señale.

Tala no reaccionó al insulto.

Solo dijo:

—Tú sujetaste a mi hermano mientras otro hombre le quitaba el caballo.

La mandíbula de Doyle tembló.

Shaw intervino de nuevo.

—¡Esto se terminó!

El sheriff lo miró.

—No para mí.

Doyle llevó la mano hacia el rifle.

Elias sintió que detrás de él cientos de cuerpos se tensaban.

—¡No! —gritó Tala.

No estaba hablando a Doyle.

Estaba hablando a los guerreros.

Su padre levantó inmediatamente la mano.

Las armas permanecieron abajo.

Doyle vio aquella oportunidad.

Giró el caballo.

El sheriff agarró las riendas antes de que pudiera escapar.

Dos hombres de Silver Creek se acercaron para ayudar.

Doyle forcejeó.

—¡Suéltenme!

—Si eres inocente —dijo Reed—, tendrás oportunidad de demostrarlo.

—¡Pregúntale a Shaw!

El silencio que siguió fue diferente.

Gideon Shaw palideció.

Elias volvió lentamente la cabeza hacia él.

—¿Qué debemos preguntarle?

Doyle comprendió lo que acababa de decir.

Cerró la boca.

Shaw apretó los dientes.

—Está asustado. No sabe lo que dice.

El sheriff observó a ambos.

—Creo que ahora todos queremos escucharlo.

Doyle miró las colinas.

Trescientos guerreros permanecían inmóviles.

Después miró a Tala.

Ella no tenía un arma en las manos.

Ni siquiera se acercó.

Eso pareció inquietarlo todavía más.

—No teníamos que matar a nadie —murmuró.

Shaw explotó.

—¡Cállate!

Reed giró hacia él.

—Tú también te bajas del caballo.

—No has oído ninguna acusación contra mí.

—Acabo de oírte intentar impedir una declaración.

Shaw no se movió.

Elias dio un paso hacia él.

—Bájate.

Shaw lo miró con desprecio.

—¿Ahora estás de su lado?

Elias miró primero a Tala.

Después al cuerpo de su hermano.

—Estoy del lado del hombre que no puede hablar.

Shaw desmontó.

El sheriff llevó a Doyle hacia el porche.

—Empieza desde el principio.

Doyle tragó saliva.

—Shaw quería recuperar unos caballos.

Gideon soltó una maldición.

—¡Mientes!

—¿Qué caballos? —preguntó Reed.

Doyle respiró hondo.

—Los que habían estado pasando por la zona del arroyo.

Tala negó.

—Eran nuestros.

Doyle evitó mirarla.

—Shaw decía que cualquier animal al norte de su cerca podía considerarse extraviado.

Elias frunció el ceño.

—Su cerca está a seis millas del arroyo.

Doyle no respondió.

Elias comprendió.

Aquello nunca había sido una confusión.

Era robo.

Shaw había descubierto que podía llevarse animales de viajeros o de grupos apaches que atravesaban aquella zona porque pocas personas en Silver Creek harían preguntas.

—¿Cuántas veces? —preguntó Reed.

Doyle miró a Shaw.

—No sé.

—Mírame a mí.

El sheriff esperó.

—Cinco o seis.

Nantan habló en voz baja.

Tala cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había rabia contenida en ellos.

—Durante meses desaparecieron caballos cerca de esa ruta.

Shaw se volvió hacia los hombres del pueblo.

—¿Van a creer esto?

Nadie contestó.

Porque varios conocían a Doyle.

Y todos habían oído su confesión.

—Ayer —continuó el sheriff—, ¿qué ocurrió?

Doyle tragó saliva.

—Vimos dos caballos buenos.

Tala apretó las manos.

—Mi hermano les dijo que se fueran.

—Sí.

—¿Quién disparó?

Doyle guardó silencio.

—¿Quién? —repitió Reed.

Doyle miró a Shaw.

Y Elias comprendió antes de que respondiera.

—No estaba allí —dijo Shaw rápidamente.

Doyle soltó una risa sin humor.

—No. Tú nunca estás cuando haces el trabajo sucio.

Shaw avanzó.

El sheriff lo detuvo con una mano en el pecho.

Doyle continuó.

—Cal Rusk disparó.

—¿Dónde está Rusk? —preguntó Reed.

—En el rancho de Shaw.

—¿Y el tercer hombre?

—Milo Tate.

Dos hombres de Silver Creek se miraron.

Conocían esos nombres.

Elias también.

Trabajadores de Shaw.

—¿Y después? —preguntó Tala.

Doyle finalmente la miró.

—Tu hermano cayó. Tú viniste hacia nosotros. Milo te golpeó.

Tala tocó inconscientemente la antigua herida de su frente.

—Después ustedes se llevaron los caballos.

—Sí.

—Y me dejaron allí.

Doyle bajó la cabeza.

—Sí.

Nantan dijo algo.

Esta vez Tala tardó en traducir.

—Mi padre pregunta por qué no mataron también a la mujer.

Doyle miró a Shaw.

—Porque él dijo que una mujer herida caminando sola sería una advertencia mejor que otro muerto.

La mirada de todos cayó sobre Gideon Shaw.

Elias sintió una furia lenta.

No era solo que hubieran robado.

No era solo que un joven estuviera muerto.

Habían querido que Tala sobreviviera.

Querían que regresara herida.

Querían miedo.

—¿Por qué? —preguntó Elias.

Shaw no respondió.

Doyle lo hizo.

—Porque quería que dejaran de usar la ruta del arroyo.

Elias miró hacia las colinas.

Entonces lo comprendió.

Agua.

Siempre había sido agua.

Durante los últimos dos años, las lluvias habían sido escasas.

El arroyo de Shaw apenas corría durante el verano.

El viejo pozo de piedra del rancho Mercer, en cambio, nunca se había secado.

Y la ruta que pasaba por el arroyo continuaba hacia las tierras públicas del norte.

Shaw quería ganado.

Más ganado necesitaba más agua.

Y no quería compartir un solo camino que pudiera llevar animales ajenos hacia los pocos manantiales de la zona.

—Querías cerrarles el paso —dijo Elias.

Shaw lo miró.

—Quería proteger lo mío.

—El arroyo no es tuyo.

—Cruza mis tierras.

—Cruza una esquina de tus tierras.

El sheriff frunció el ceño.

—Gideon, los derechos de paso fueron establecidos antes de que compraras ese rancho.

Shaw se volvió contra él.

—¿Y ahora vas a defenderlos?

—Voy a defender la ley.

—La ley cambia cuando cambia el territorio.

Nantan escuchaba la conversación sin comprender cada palabra.

Tala se la traducía brevemente.

A cada frase el rostro del anciano se volvía más duro.

Finalmente habló.

Tala miró a Elias.

—Mi padre dice que durante años permitieron que los colonos pasaran por nuestros campamentos cuando necesitaban agua.

Shaw soltó una carcajada.

—Y ahora quieren cobrarlo.

Tala dio un paso hacia él.

—No.

Su voz fue baja.

—Queremos dejar de enterrar hombres por intentar beber.

Nadie respondió.

El sheriff envió a cuatro hombres a buscar a Rusk y Tate.

Otros dos quedaron vigilando a Doyle y Shaw.

Nantan ordenó a la mayoría de los guerreros retroceder desde las crestas.

No se fueron.

Pero la distancia aumentó.

La presión sobre el valle disminuyó.

Elias volvió al cuerpo del joven.

—¿Cómo se llamaba?

Tala lo miró.

—Tomas.

Elias había esperado un nombre que no conociera.

La sencillez de aquel lo golpeó con más fuerza.

—¿Era menor que tú?

—Siete años.

—Lo siento.

Tala no respondió de inmediato.

—Yo le dije que podíamos cruzar antes del anochecer.

Su mirada cayó sobre el cuerpo.

—Yo escogí la ruta.

—Eso no hizo que apretaras el gatillo.

Ella lo miró.

—A veces saberlo no basta.

Elias recordó las palabras que había escrito la noche anterior.

“Mujer apache. Herida. Le di agua. Caminó hacia el norte.”

Parecían absurdamente pequeñas frente a todo aquello.

Entonces recordó algo más.

—Mi libro.

Tala frunció el ceño.

Elias entró en la casa.

Regresó con el pequeño libro de cuentas.

Abrió la página.

El sheriff se acercó.

—¿Qué es?

—Anoche escribí que la encontré herida.

Reed leyó la línea.

Debajo estaba la fecha.

Y encima, los gastos del rancho del mismo día.

—¿A qué hora llegó?

—Antes del atardecer.

Tala asintió.

El sheriff cerró lentamente el libro.

—Esto importa.

Shaw se rio.

—¿Un hombre escribe algo y ahora se convierte en prueba?

—No por sí solo —respondió Reed—. Pero confirma que ella ya estaba herida horas antes de que tú empezaras a decir esta mañana que los apaches habían rodeado el rancho para atacar.

Elias miró a Shaw.

—¿Cómo supiste tan rápido que estaban aquí?

Nadie habló.

Shaw parpadeó.

Una vez.

—Un jinete pasó por mi rancho.

—¿Quién?

—No sé.

—¿Y dónde está?

—Se fue.

Elias sintió que algo encajaba.

—No.

El sheriff lo miró.

Elias señaló a Shaw.

—Llegaste con casi treinta hombres armados al amanecer. Desde tu rancho hasta aquí hay más de una hora a caballo.

Shaw no respondió.

—Tuviste que saber que estaban aquí antes de que saliera el sol.

Tala entendió.

—Esperabas que vinieran.

Shaw retrocedió medio paso.

Doyle cerró los ojos.

El sheriff se volvió hacia él.

—¿Por qué esperaba esto?

Doyle respiró con dificultad.

—Porque sabía que ella escapó.

Shaw gritó:

—¡Una palabra más y te arrepentirás!

Doyle lo miró.

—Ya me arrepiento.

Luego señaló las colinas.

—Shaw dijo que si ella llegaba a su gente, vendrían enfurecidos. Quería reunir a los rancheros, mostrar trescientos guerreros alrededor de una propiedad blanca y mandar un telegrama al fuerte.

Elias sintió náuseas.

—Querías provocar una respuesta militar.

Doyle asintió.

—Él decía que después nadie volvería a discutir quién controlaba la ruta.

El silencio que siguió fue tan profundo que se escuchó el golpe de un casco dentro del corral.

Aquella era la verdad que cambiaba todo.

El asesinato de Tomas no había sido parte de un plan para iniciar una guerra.

Pero después de que ocurrió, Shaw había decidido aprovecharlo.

Una mujer herida escapando.

Un joven muerto.

Guerreros furiosos buscando respuestas.

Todo podía convertirse en una imagen conveniente.

“Un ataque apache.”

Y si comenzaba un enfrentamiento, pocos hombres en Silver Creek preguntarían quién había dado el primer disparo días antes.

Tala miró a su padre.

Nantan escuchó la traducción.

Por primera vez desde que había llegado, Elias vio algo parecido al miedo en los ojos del anciano.

No miedo por sí mismo.

Miedo por lo que trescientos hombres enfurecidos podían hacer si alguien disparaba antes de pensar.

Nantan habló.

Tala respondió.

Discutieron durante varios segundos.

Después ella se volvió hacia Elias.

—Mi padre quiere llevarse a nuestro muerto y marcharse.

Elias asintió.

—Es lo mejor.

—No ha terminado.

Tala miró hacia Shaw.

—Quiere que esos hombres sean juzgados.

—También yo.

El sheriff Reed se acercó.

—Si tú y los testigos vienen a Silver Creek, tomaré declaraciones.

Nantan negó inmediatamente cuando Tala tradujo.

—No confía en el pueblo —explicó ella.

Elias no podía culparlo.

—Entonces no tendrán que entrar todos.

Miró a Reed.

—Trae al juez aquí.

El sheriff levantó las cejas.

—¿Aquí?

—Shaw quiso usar mi rancho para empezar esto. Podemos usarlo para terminarlo.

Tala miró a Elias durante varios segundos.

Luego tradujo.

Nantan finalmente asintió.

Dos días después, el rancho Mercer se convirtió en el lugar más extraño de Arizona.

Un juez del condado llegó en carreta.

El sheriff llevó a Doyle, Rusk, Tate y Gideon Shaw bajo custodia.

Nantan regresó con solo doce hombres.

Tala estaba entre ellos.

El resto había llevado el cuerpo de Tomas hacia el norte para prepararlo según las costumbres de su familia.

No hubo multitud.

No hubo espectáculo.

Solo declaraciones.

Tala habló primero.

Describió el ataque sin levantar la voz.

Identificó a Doyle.

Después a Rusk.

Luego a Tate.

Doyle repitió su confesión.

Rusk negó haber disparado hasta que Tate, intentando salvarse, confirmó que Rusk había sido quien apretó el gatillo.

Shaw continuó negándolo todo.

Entonces el juez preguntó:

—¿Hay alguna razón por la que usted quisiera impedir el paso por el arroyo?

—Protegía mi propiedad.

El sheriff colocó sobre la mesa una copia del registro territorial.

El derecho de paso existía.

Shaw lo sabía.

Había firmado la compra de sus tierras con aquella condición doce años antes.

No podía cerrar legalmente la ruta.

Así que había intentado cerrarla con miedo.

El juez miró a Tala.

—¿Qué quiere usted?

Todos esperaban que pidiera castigo.

Ella miró primero a su padre.

Luego a Elias.

Finalmente respondió:

—Quiero que mi hermano no se convierta en excusa para matar a más hombres.

El juez esperó.

—Quiero que quienes lo mataron respondan por ello.

Señaló el documento de paso.

—Y quiero que nadie tenga que volver a pedir permiso a Gideon Shaw para llegar al agua que nunca fue suya.

Aquellas palabras terminaron de cambiar la situación.

Rusk y Tate fueron acusados por la muerte de Tomas y el ataque contra Tala.

Doyle, por haber participado en el robo y ayudado a ocultarlo, aceptó declarar contra ellos.

Shaw enfrentó cargos por robo de ganado, amenazas y por ordenar acciones destinadas a impedir ilegalmente el paso.

No perdió mágicamente todo lo que poseía.

Pero perdió el control que más valoraba.

Sus hombres comenzaron a abandonarlo.

Los rancheros que habían cabalgado con él aquella mañana dejaron de escuchar sus órdenes.

Y, lo peor para un hombre como Gideon Shaw, su nombre dejó de significar autoridad.

Pasó a significar desconfianza.

Cuando el juez y el sheriff se marcharon, Nantan permaneció junto al pozo.

Miró el agua.

Después a Elias.

Dijo algo.

Tala sonrió por primera vez.

—Dice que ha conocido hombres que ofrecen agua porque esperan recibir algo.

—Yo también.

—Dice que usted no preguntó mi nombre.

Elias se encogió de hombros.

—Parecía necesitar agua más que una presentación.

Tala tradujo.

Nantan soltó una breve carcajada.

Después extendió la mano.

Elias la estrechó.

Nantan montó.

Los demás hicieron lo mismo.

Tala permaneció junto a su caballo.

Su padre dijo algo desde la montura.

Ella respondió.

Nantan miró a Elias.

Luego a su hija.

Y se marchó con los demás.

Elias observó el polvo alejándose.

Después miró a Tala.

—¿No vas con ellos?

—Dentro de un momento.

Ella se acercó al pozo.

Tomó el mismo cucharón metálico.

—¿Es este?

Elias asintió.

Tala lo sostuvo entre las manos.

—Ayer pensé que podía morir aquí.

—Yo pensé que desaparecerías y nunca volvería a verte.

—Casi ocurrió.

Elias apoyó un brazo sobre el borde del pozo.

—¿Por qué regresaste con todos ellos?

Tala lo miró.

—Porque mi padre quería saber qué hombre había encontrado a su hija herida y había decidido no aprovecharse de ella.

Elias bajó los ojos.

—Solo te di agua.

—Para usted fue agua.

Ella colocó el cucharón en su sitio.

—Para una mujer que había visto morir a su hermano por culpa de hombres que querían controlar quién podía acercarse al agua, fue algo más.

Elias no encontró respuesta.

Tala montó.

—Volveré.

Él levantó la mirada.

—¿Por qué?

Ella sonrió apenas.

—Todavía no he decidido.

Después se marchó.

Cumplió su palabra.

Regresó dos semanas después.

No llegaron trescientos guerreros.

Llegó ella sola.

Traía un caballo joven con una herradura floja.

—¿Sabes arreglarla? —preguntó.

Elias miró el casco.

Luego a ella.

—Sí.

—Entonces hoy necesito algo más que agua.

Aquello se convirtió en una costumbre.

A veces Tala llegaba con un caballo.

A veces con noticias.

A veces sin ninguna razón que quisiera explicar.

Elias aprendió que era impaciente con las personas lentas, excelente reparando cuero y terrible cocinando pan.

Tala descubrió que Elias hablaba con sus caballos cuando creía que nadie lo escuchaba.

También descubrió que aquel hombre solitario no estaba solo porque odiara a la gente.

Había perdido a sus padres joven.

Había trabajado durante años para comprar la tierra.

Después había aprendido que cuidar algo era más fácil que confiar en alguien.

Una tarde, Tala lo encontró construyendo un nuevo abrevadero fuera de la cerca.

—¿Para qué es?

Elias siguió serrando.

—Para viajeros.

Ella observó la estructura.

—Ya tienes uno dentro.

—Ese es para mis animales.

—¿Y este?

Elias dejó la sierra.

—Para cualquiera que llegue con sed.

Tala permaneció inmóvil.

—Silver Creek hablará.

—Silver Creek habla cuando llueve demasiado y cuando no llueve.

Ella sonrió.

—Eso es verdad.

El abrevadero quedó terminado antes del verano.

Elias colocó junto a él un cucharón metálico.

No escribió ninguna regla.

No puso ningún aviso.

No preguntaba nombres.

Los viajeros bebían.

Vaqueros.

Familias.

Apaches.

Buscadores de trabajo.

Personas que nunca volvería a ver.

Al principio algunos hombres de Silver Creek lo criticaron.

Después llegó una sequía especialmente dura.

Y varios de esos mismos hombres terminaron bebiendo allí.

Elias no les recordó sus palabras.

Solo llenó el abrevadero.

Un año después de la mañana en que trescientos guerreros rodearon su rancho, Tala volvió al amanecer.

Esta vez Nantan venía con ella.

Solo él.

Elias salió al porche.

Miró las colinas vacías.

—¿Dónde están los otros doscientos noventa y nueve?

Tala rió.

—Mi padre dice que si necesitara tantos hombres para hablar con usted, habría perdido autoridad.

Nantan desmontó.

Llevaba consigo una pequeña manta doblada.

Elias sintió un recuerdo incómodo.

—No hay otro cuerpo ahí, ¿verdad?

Tala tradujo.

Nantan soltó una carcajada tan fuerte que los caballos levantaron la cabeza.

—No.

La manta contenía una silla de montar cuidadosamente reparada.

Tala pasó la mano sobre el cuero.

—Era de Tomas.

Elias dejó de sonreír.

—Mi padre quiere que la tenga.

—No puedo.

Nantan habló.

Tala tradujo:

—Dice que no es pago.

Elias esperó.

—Es memoria.

Elias miró la silla.

Luego al anciano.

—Entonces la aceptaré.

Nantan asintió.

Después dijo algo mucho más largo.

Tala frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

—Nada.

—Tala.

Ella suspiró.

—Preguntó por qué, después de un año, usted todavía no me ha preguntado si quiero quedarme aquí.

Elias miró a Nantan.

El viejo mantenía una expresión absolutamente seria.

—Pensé que era mejor conservar mi vida.

Tala tradujo.

Nantan volvió a reír.

Entonces Tala dejó de hacerlo.

Miró a Elias.

—¿Y esa es la única razón?

Él entendió que ya no podía esconderse detrás de bromas.

—No.

Tala esperó.

—La primera vez que te vi estabas herida, sola y casi sin fuerzas. Después apareciste con trescientos hombres.

Ella levantó una ceja.

—Una entrada difícil de olvidar.

—Exactamente.

Elias respiró.

—No quería convertir una deuda de gratitud en algo que te obligara.

El rostro de Tala cambió.

La burla desapareció.

—Nunca te debí mi vida.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Sí.

Elias señaló el pozo.

—Te di agua porque tenías sed. Eso terminó cuando bebiste.

Tala sostuvo su mirada.

—Entonces pregunta.

Elias tragó saliva.

Nantan miró hacia otro lado con una cortesía bastante poco convincente.

—¿Quieres quedarte?

Tala sonrió.

—A veces.

Elias parpadeó.

Ella continuó:

—También quiero seguir viendo a mi padre. Quiero cabalgar al norte cuando quiera. Quiero trabajar. Quiero decidir por mí misma.

—Bien.

—Todavía no terminé.

—Claro.

—No quiero convertirme en algo que posees porque vivo en tu casa.

Elias negó.

—No sabría cómo poseerte aunque estuviera lo bastante loco para intentarlo.

—Buena respuesta.

—¿Significa que sí?

Tala se acercó.

—Significa que puedes preguntarme otra cosa.

Elias la miró.

—¿Puedo cortejarte?

Tala fingió pensarlo.

—Puedes intentarlo.

Nantan, que obviamente había estado escuchando, soltó una carcajada.

Dos años después, Elias y Tala se casaron.

No hubo trescientos guerreros.

Aunque Elias sospechó que Nantan había considerado seriamente la posibilidad.

La ceremonia fue pequeña.

El sheriff Reed estuvo allí.

También algunos vecinos de Silver Creek.

Otros eligieron no asistir.

A Tala no le importó.

Había aprendido hacía mucho tiempo que no necesitaba una multitud para confirmar una decisión que ya era suya.

Después de la ceremonia, caminó hasta el pozo.

El viejo cucharón seguía colgado allí.

Elias se acercó.

—Deberíamos reemplazarlo.

—¿Por qué?

—Está abollado.

Tala lo tomó.

—Déjalo.

—¿Por sentimentalismo?

—No.

Ella llenó el cucharón.

Bebió.

Después se lo ofreció.

Elias bebió también.

Tala miró hacia el abrevadero junto al camino.

Dos viajeros desconocidos acababan de detener sus caballos allí.

Nadie salió a interrogarlos.

Nadie preguntó de dónde venían.

Tenían sed.

Eso bastaba.

Tala apoyó una mano sobre el borde de piedra del pozo.

—¿Sabes qué pensé aquella primera tarde?

—Que yo era muy apuesto.

—Pensé que eras probablemente peligroso.

—Eso también.

—Después extendiste el agua desde lejos.

Elias recordó cómo ella había observado su cuchillo.

Su caballo.

Sus manos.

—No quería asustarte.

—Lo sé ahora.

Ella miró hacia las colinas donde, años atrás, cientos de jinetes habían oscurecido el amanecer.

—Mi hermano murió porque unos hombres pensaron que podían decidir quién tenía derecho a pasar, quién podía beber y quién debía tener miedo.

Elias tomó su mano.

Tala entrelazó los dedos con los suyos.

—Tú hiciste lo contrario sin saber quién era yo.

—Todavía habría preferido saber que tenías trescientos parientes armados.

Tala soltó una carcajada.

—Eso habría arruinado la prueba.

Elias sonrió.

Con los años, la historia cambió cada vez que alguien la contaba en Silver Creek.

Algunos juraban que había habido quinientos guerreros.

Otros decían mil.

Un viejo borracho llegó a asegurar que Elias Mercer había salido solo con un rifle y había obligado a todo un ejército a retroceder.

Cada vez que Tala escuchaba esa versión, negaba con la cabeza.

—No disparó ningún rifle.

Entonces alguien preguntaba:

—¿Y qué hizo?

Tala siempre daba la misma respuesta.

—Me dio agua.

Para algunos parecía demasiado poco para una historia tan grande.

Para Elias nunca lo fue.

Porque aquella mañana había aprendido que trescientos hombres podían llegar preparados para la ira.

Treinta hombres podían llegar preparados para el miedo.

Un solo hombre podía intentar aprovechar ambos.

Y, aun así, todo podía cambiar porque alguien, una tarde cualquiera, había visto a una desconocida herida junto a una cerca y había decidido tratarla como a una persona antes de saber su nombre.

El cucharón permaneció junto al pozo durante el resto de sus vidas.

Abollado.

Gastado.

Completamente común.

Y siempre lleno cuando alguien llegaba con sed.