El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

pálido. Pero estaba sentado a la mesa.

Lucía contó algo gracioso de una niña de su clase. Don Julián volvió a quejarse del ascensor.

Y yo me reí.

Poco.

Bajito.

Pero de verdad.

No me curé aquella noche.

No hubo una llamada milagrosa. Mi cuerpo seguía enfermo. El miedo seguía allí, sentado con nosotros.

Pero durante una hora no fui solo el hombre con cáncer.

Fui Diego.

El marido de Lucía.

El vecino de don Julián.

Un hombre delante de un plato de sopa, con dos personas al lado que