El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

no tenían miedo de mi silencio.

Desde entonces entendí algo.

Cuando visites a alguien que está enfermo, no tengas prisa por decirle que sea fuerte.

A veces no hacen falta palabras de batalla.

A veces basta con sentarse.

Servir un poco de té.

Partir el pan.

Y quedarse ahí, sin escapar de su miedo.

Porque una noche normal, para quien siente que lo está perdiendo todo, puede ser el acto de amor más grande del mundo.

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