El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

todavía en la piel, esas palabras pesan como una losa.

Unos días después, Lucía y yo estábamos sentados en el pasillo del hospital.

La gente pasaba a nuestro lado. Una señora buscaba papeles dentro del bolso. Un hombre hablaba bajito por teléfono. Una puerta se abría y se cerraba. Alguien reia al fondo.

El mundo seguía igual.

El mío no.

El diagnóstico llegó sin gritos.

Cáncer colorrectal. Etapa cuatro. Metástasis en el hígado y en los pulmones.

Yo no lloré.

Miré mis zapatos.

Eran las zapatillas con las que salía