su consentimiento.
Después telefoneó a su amiga Nuria.
Nuria llevaba desde la noche anterior enviándole mensajes.
Cuando Lucía le contó que había dormido en una cafetería, la amiga se echó a llorar.
—¿Por qué no me llamaste?
—Era Navidad. No quería fastidiarte estos días.
—Que tú no tengas dónde dormir importa más que una cena de Navidad.
Aquella frase hizo más por Lucía que cualquier explicación familiar.
Aun así, la pregunta seguía clavada en su cabeza: ¿por qué su padre había ido al banco a investigar una cuenta que nunca