Dos días antes de Navidad, bajé a la cocina y descubrí que mis padres ya habían preparado mi maleta para echarme de casa. Ellos cenarían bajo un techo caliente; yo tenía 22 € y ningún lugar adonde ir. “Estás desesperada”, dijo mi madre. No discutí: me fui y, a la mañana siguiente, entregué al banco una tarjeta de mi abuelo. El director palideció al abrir la cuenta

en el suelo.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. Cosas de familia. Nunca quedó claro todo lo que tenía.

Lucía sostuvo su mirada unos segundos.

Ya sabía que mentía.

Pero no le dio la satisfacción de mostrar sus cartas.

—No tengo nada que hablar de eso contigo.

Antonio frunció el ceño.

—Sigues comportándote como una niña.

Lucía recogió la caja.

—Y aun así me echasteis de casa porque, según vosotros, debía demostrar que era adulta.

No esperó respuesta.

Durante las semanas siguientes mantuvo distancia. Continuó trabajando y retomó un curso