con Alejandro Salcedo era perfecto.
Mi esposo siempre me llamaba para saber dónde estaba, me pedía que avisara cuando llegara a algún lugar y se preocupaba si tardaba demasiado en contestar.
Yo confundía aquel control con amor.
Esa misma mañana, antes de salir, Alejandro me había acomodado cariñosamente el cuello del abrigo.
—Maneja con cuidado, mi vida. No te metas por calles desconocidas. Ya sabes cuánto me preocupo por ti.
Recordar aquellas palabras mientras miraba el rastreador me provocó escalofríos.
Le pedí al mecánico que no comentara el hallazgo con