nadie y guardé el dispositivo en mi bolso.
Por primera vez comprendí que quizá llevaba meses viviendo bajo vigilancia.
Aquella noche, Alejandro me recibió con una sonrisa y una cena preparada especialmente para mí.
—Te hice peras en almíbar, como te gustan. ¿Qué dijeron en el taller?
—Nada importante. Una llanta necesitaba reparación.
Me observó cuidadosamente.
—¿Y mañana a qué hora sales a tu reunión fuera de la ciudad?
—Todavía no sé.
Su sonrisa se mantuvo, pero sus ojos parecieron examinarme buscando algo.
Esperó hasta que terminé el postre. Después