Mi esposo me vigilaba con un GPS escondido en mi coche, pero olvidó que yo también podía descubrir sus mentiras. “Sé perfectamente adónde vas”, me dijo una noche, convencido de tenerme controlada. Cambié el aparato al vehículo de su amante y guardé silencio. Tres días después, llegó a unas cabañas privadas dispuesto a exhibirme frente a todos… hasta que escuchó una voz masculina que conocía desde niño.

nadie y guardé el dispositivo en mi bolso.

Por primera vez comprendí que quizá llevaba meses viviendo bajo vigilancia.

Aquella noche, Alejandro me recibió con una sonrisa y una cena preparada especialmente para mí.

—Te hice peras en almíbar, como te gustan. ¿Qué dijeron en el taller?

—Nada importante. Una llanta necesitaba reparación.

Me observó cuidadosamente.

—¿Y mañana a qué hora sales a tu reunión fuera de la ciudad?

—Todavía no sé.

Su sonrisa se mantuvo, pero sus ojos parecieron examinarme buscando algo.

Esperó hasta que terminé el postre. Después