me besó en la frente y recogió los platos.
A las dos de la madrugada, cuando estuvo profundamente dormido, bajé al estacionamiento de nuestro edificio.
Allí estaba el automóvil rojo de Vanessa, su asistente personal.
Alejandro había insistido meses atrás en que ella rentara un departamento cerca de nosotros para atender cualquier emergencia laboral.
Me agaché junto al vehículo y fijé el rastreador en una parte metálica protegida de la suspensión.
Si mi esposo quería vigilarme, ahora seguiría los movimientos de su propia secretaria.
A la mañana siguiente fui a