Mi esposo me vigilaba con un GPS escondido en mi coche, pero olvidó que yo también podía descubrir sus mentiras. “Sé perfectamente adónde vas”, me dijo una noche, convencido de tenerme controlada. Cambié el aparato al vehículo de su amante y guardé silencio. Tres días después, llegó a unas cabañas privadas dispuesto a exhibirme frente a todos… hasta que escuchó una voz masculina que conocía desde niño.

Casa de Té Ríos, el negocio familiar que mi abuelo Eusebio había levantado durante cuarenta años.

Alejandro apareció poco antes del mediodía con comida de un restaurante elegante.

Cuando se acercó a besarme, percibí un aroma inconfundible: té blanco de colección.

Era una variedad extraordinariamente rara que yo misma le había regalado a Vanessa semanas atrás.

Nadie más en su oficina tenía aquel té.

Alejandro se sentó frente a mí.

—Cariño, estuve revisando las finanzas de tu negocio. Deberíamos incorporarlo a mi empresa. Tú firmas la autorización y mi equipo