y tenía las manos temblorosas.
Yo estaba sentada tranquilamente en la sala, mientras el rastreador que él creía instalado en mi coche señalaba algún lugar completamente distinto.
Esa noche, cuando Alejandro se quedó dormido, su teléfono se iluminó sobre el buró.
Alcancé a leer un mensaje enviado por su padre, don Arturo Salcedo:
«No importa cómo lo consigas. Necesitamos la firma de Mariana antes de que descubra lo que hicimos con los documentos de su abuelo».
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Entonces comprendí que no solo estaba investigando una infidelidad.
Mi esposo y su