y antes de esa semana todavía creía que la sangre obligaba a algo. Creía que mis padres, Rodolfo y Dolores, podían ser fríos, distraídos, incluso injustos, pero no crueles. Creía que mi hermana menor, Verónica, podía ser caprichosa, pero no inhumana. Creía que Rubén, su esposo, al menos tendría vergüenza.
Me equivoqué en todo.
Joaquín, mi esposo, era el tipo de hombre que no necesitaba levantar la voz para llenar una casa de paz. Trabajaba en un banco en Guadalajara, amaba la pesca, el café cargado y las camisas de