Parte 1
Cuando Julián falleció de un infarto, toda Valencia esperaba que su viuda, Carmen Ortega, permaneciera impasible, triste y disponible para todo. Yo misma organicé el funeral, acepté los abrazos, soporté las condolencias vacías y dejé que mis hijos, Daniel y Lucía, hablaran delante de mí como si ya me hubieran asignado un nuevo papel: el de la madre abnegada, la abuela siempre dispuesta a intervenir, la que espera la llamada y resuelve los problemas del día a día.
No les conté que, tres meses antes de la muerte