cuadros que yo le decía que ya estaban viejas. Nuestro hijo Mateo tenía 12 años, sacaba dieces, jugaba béisbol y todavía me dejaba acomodarle el cabello antes de ir a la escuela, aunque fingiera que le molestaba.
Vivíamos bien, sin lujos ofensivos, pero con estabilidad. Joaquín había heredado de su abuela un departamento pequeño cerca del centro. No lo necesitábamos, así que cuando Verónica y Rubén dijeron que no podían ahorrar para comprar casa, se los prestamos sin cobrar renta. “La familia se ayuda”, me dijo Joaquín, y yo asentí