de mi esposo, había comprado en secreto un boleto para un crucero de un año por el Mediterráneo, Asia y Latinoamérica. No lo hice por locura ni por capricho. Lo hice porque, durante años, sentí que mi vida consistía en cuidar de todos menos de mí misma.
La semana después del funeral, Daniel vino a casa dos veces. La primera vez, para examinar los papeles de la herencia con una urgencia que me heló la sangre. La segunda vez, llegó con su esposa, Marta, cargando dos jaulas para animales y