que amé tanto que terminé manteniendo no solamente nuestro matrimonio, sino también a casi toda su familia.
Mi exsuegra, Graciela, tenía 62 años y una habilidad extraordinaria para conseguir lo que quería sin gastar un solo peso de su bolsillo.
Su hija menor, Fernanda, de 28 años, había aprendido perfectamente sus costumbres.
Y Diego… Diego simplemente guardaba silencio.
Si su mamá me insultaba, él guardaba silencio.
Si su hermana exigía dinero, él guardaba silencio.
Y cuando yo lloraba de frustración, siempre repetía la misma frase:
—Mariana, después hablamos. No hagas