el mentón.
—¿Mami?
—Dime, mi vida.
—Si papi viene y yo no estoy en casa de la abuela, ¿se va a enojar?
La abracé fuerte.
—No. Papi jamás se enojaría porque tú estés en casa conmigo.
—Pero la abuela llora cuando le digo que quiero venir contigo.
—Eso no es algo que tú tengas que arreglar, Liv.
—Pero se pone triste.
—Lo sé —le susurré, apartándole los rizos de la frente—. Los adultos también tienen derecho a estar tristes. Pero no tienen derecho a hacer que los niños carguen esa