había fallecido hacía tres años. Olivia apenas tenía un año cuando lo perdimos. Ella lo conocía por fotografías, por videos caseros, por los cuentos que yo le narraba antes de dormir y por la vieja camisa de franela azul que guardaba doblada dentro de una caja de recuerdos debajo de mi cama. Me había esforzado en mantenerlo vivo en su memoria, pero sin convertirlo jamás en alguien a quien ella debiera esperar.
Y lo que acababa de decir no sonaba a duelo. Sonaba a algo aprendido, ensayado, repetido por alguien