Cuando regresé de un viaje de negocios, encontré a mi hija de 3 años rapada y acusada de robar un brazalete de oro. —Así aprenderá —dijo mi suegra. Me fui con mi hija. Esa noche la cámara oculta demostró quién era la verdadera ladrona. Pero al día siguiente, mi abogada puso una carpeta negra frente a mí y dijo: —El brazalete no es lo que debería preocuparte.

La voz de Natalia fue tan firme que lo hizo obedecer.

Karina comenzó a sollozar.

—Yo iba a devolverlo.

Beatriz la observaba como si acabara de conocerla.

—¿Por eso robaste mi brazalete?

Karina no respondió.

—¡Contéstame!

—Sí.

—¿Y acusaste a Renata?

—Tenía miedo.

Sentí náuseas.

—No.

Todos voltearon hacia mí.

—No tuviste miedo. Elegiste a la persona más pequeña de la casa porque sabías que nadie iba a cuestionarte.

Karina escondió la cara.

Entonces saqué la última hoja.

—Ahora explíquenme esto.

Puse sobre la mesa la transferencia de 240,000