recibió visitas supervisadas.
En la primera, Renata se escondió detrás de mí.
—No quiero ir a casa de la abuela.
Mauricio se arrodilló manteniendo distancia.
—Nunca voy a llevarte allá.
Ella no corrió hacia él.
Se sentó a dibujar.
Él aprendió ese día que una promesa no reconstruye lo que años de silencio destruyeron.
Meses después, al terminar una visita, Mauricio me alcanzó en el pasillo.
—Mi mamá está enferma.
No respondí.
—Quiere ver a Renata una vez.
—No.
—Podría ser una videollamada.
—No.
Suspiró.
—Sigue siendo su abuela.
Lo