Cuando regresé de un viaje de negocios, encontré a mi hija de 3 años rapada y acusada de robar un brazalete de oro. —Así aprenderá —dijo mi suegra. Me fui con mi hija. Esa noche la cámara oculta demostró quién era la verdadera ladrona. Pero al día siguiente, mi abogada puso una carpeta negra frente a mí y dijo: —El brazalete no es lo que debería preocuparte.

La vieron tomarlo?

Silencio otra vez.

Entonces Karina soltó una risa.

—Valeria, deja de actuar como si tu hija fuera una santa. Los niños agarran cosas.

Renata escondió la cara contra mi cuello.

—Yo no fui, mami.

Aquellas 4 palabras bastaron.

—Te creo.

Beatriz dio un paso hacia mí.

—Ese es tu problema. Siempre la defiendes.

—Es mi hija.

—Y vive bajo mi techo.

—Eso no te da derecho a tocarla.

Beatriz levantó la barbilla.

—Yo eduqué a 3 hijos. No necesito que una mujer que pasa media vida viajando