que Mason acababa de elegir.
—Eso no me toca decidirlo a mí.
David asintió.
—Tienes razón.
—Habla con él.
—¿Y si me odia?
Miré hacia la cancha.
Mason estaba riéndose con sus compañeros.
—Entonces tendrás que aceptar lo que él sienta.
David cerró los ojos durante un instante.
—Y si no me odia.
—Entonces tampoco significa que todo esté perdonado.
—Entiendo.
Por primera vez desde que lo conocía, pareció entender algo sin intentar explicarlo.
Nos despedimos sin estrecharnos la mano.
Yo regresé con Mason.
En el camino a casa, él