años ya sabía reconocer el miedo.
Me equivocaba.
Aquella niña no estaba asustada como alguien que se había perdido.
Estaba asustada como alguien que había escapado.
—¿Cómo te llamas?
—Camila.
Señaló a la pequeña que se abrazaba el abdomen.
—Ella es Renata. Somos gemelas.
Renata tenía los labios pálidos y pequeñas gotas de sudor en la frente.
Me acerqué despacio.
Camila se interpuso inmediatamente.
—No llame a mi papá.
Aquellas 5 palabras cambiaron todo.
Me agaché para quedar a su altura.
—No voy a obligarlas a irse con nadie. Pero