de un día para otro. Fue un camino lleno de preguntas, lágrimas y silencios.
Pero conseguimos conocernos.
Elena murió una madrugada de invierno, mientras yo sostenía una de sus manos y mi padre sostenía la otra.
Antes de irse, me entregó una última carta.
La número diecinueve.
La abrí después del funeral.
“Mi querida hija:
Durante muchos años creí que el peor día de mi vida había sido aquel en que te dejé dentro de una canasta. Ahora comprendo que, incluso en medio de mi cobardía, hice una cosa bien: