te dejé frente a la puerta del mejor hombre que he conocido.
Yo te di la vida, pero él te enseñó a vivir.
No quiero que me recuerdes por la noche en que me fui. Recuérdame por el día en que regresé y tú, sin deberme nada, me tomaste de la mano.
Gracias por permitirme conocerte.
Y gracias a él por cumplir la promesa que nunca tuvo que hacerme”.
Al terminar de leerla, descubrí una pequeña fotografía detrás de la hoja.
En ella aparecían dos adolescentes sonrientes, sentados sobre una