compañeras se rieron.
Esa tarde lo encontré practicando con una muñeca que había comprado de segunda mano.
—Mañana te saldrá mejor —le dije.
Él sonrió y respondió:
—No. Mañana me saldrá perfecto.
Y así fue.
Mi padre aprendió a cocinar, a coser disfraces escolares y a reconocer cuándo yo necesitaba un consejo y cuándo solamente necesitaba que me abrazara.
En la escuela, algunas personas me preguntaban por mi madre.
Yo siempre respondía:
—No tengo madre. Tengo a mi papá, y con él me alcanza.
Nunca me sentí una niña abandonada