Mi madre me abandonó en la canasta de una bicicleta cuando tenía tres meses; 18 años después apareció en mi graduación y reveló el secreto que mi padre había guardado toda la vida

compañeras se rieron.

Esa tarde lo encontré practicando con una muñeca que había comprado de segunda mano.

—Mañana te saldrá mejor —le dije.

Él sonrió y respondió:

—No. Mañana me saldrá perfecto.

Y así fue.

Mi padre aprendió a cocinar, a coser disfraces escolares y a reconocer cuándo yo necesitaba un consejo y cuándo solamente necesitaba que me abrazara.

En la escuela, algunas personas me preguntaban por mi madre.

Yo siempre respondía:

—No tengo madre. Tengo a mi papá, y con él me alcanza.

Nunca me sentí una niña abandonada