sabían que no era cierto.
Fue entonces cuando una camioneta negra redujo la velocidad varios metros detrás de ellas. Al volante iba Alejandro Mendoza, un empresario de 44 años que había salido de Guadalajara esa mañana para cerrar la compra de un rancho. Estaba acostumbrado a revisar contratos millonarios sin perder la calma.
Pero cuando vio el rostro de aquella mujer, sintió que el pasado le golpeaba el pecho.
Era Mariana.
Su primer amor.
La muchacha a la que había prometido regresar cuando se marchó del pueblo a los dieciocho