años con una mochila, unos cuantos pesos y demasiadas ambiciones.
Habían pasado veintiséis años.
Alejandro estacionó sin saber exactamente por qué. Desde lejos observó cómo Mariana se acomodaba el colchón sobre los hombros y seguía caminando hasta llegar a una casita casi escondida entre hierba seca.
El techo de lámina estaba remendado. Una pared tenía plástico para cubrir una grieta. La puerta parecía apenas sostenerse.
Alejandro permaneció dentro de su camioneta durante veinte minutos.
No podía reconciliar aquella imagen con sus recuerdos.
La Mariana que él conoció era orgullosa, inteligente,