leche cuando entró una mujer que años atrás había retirado a su hija de una actividad escolar porque no quería que conviviera con “la hija de la ladrona”.
La mujer se acercó lentamente.
—Mariana…
Ella se volvió.
—Yo te juzgué sin saber.
Mariana no respondió.
—Perdóname.
Después llegaron otras disculpas.
Algunas sinceras.
Otras incómodas.
Otras demasiado tardías.
Mariana comprendió que no tenía obligación de perdonar a todo el mundo.
La justicia no consistía en fingir que nada había ocurrido.
Consistía en recuperar el derecho de decidir qué hacer con aquello.